Dos días, una noche. El primero es un día de marcha: salimos por la mañana y avanzamos hacia el lugar del campamento, en la costa o en el traspaís según la temporada. El ritmo es el del grupo, con las paradas que hagan falta — la sombra de un argán, un pueblo atravesado, un té que nos ofrecen y que nadie rechaza.
El campamento se monta al final de la tarde, cuando la luz se alarga: la tienda que se despliega, la leña que se junta, el fuego que se enciende. Suele ser ese momento el que queda más nítido en el recuerdo — la hora en que el campamento todavía no existe y hay que hacerlo nacer.
Luego llega la noche, y es larga. El tajine se cuece a fuego lento, el té pasa de mano en mano, las conversaciones se estiran — hasta que ya nadie habla. Lejos de las luces de la ciudad, el cielo se llena. Reconocemos algunas constelaciones e inventamos las demás. Los sonidos llegan de otro modo: el oleaje abajo, el viento sobre la lona, un perro muy lejos.
Dormimos bajo la tienda, o fuera si el viento lo permite. El sueño llega tarde y temprano a la vez.
El día siguiente amanece con la luz baja de la mañana, la que roza el suelo y dibuja cada piedra. El desayuno se toma sin prisa, después recogemos el campamento y no dejamos nada detrás.
La segunda jornada es más corta que la primera. Volvemos por otro camino — no para añadir kilómetros, sino porque un lugar nunca se cuenta dos veces igual.
Volveremos ligeros como el viento, como pájaros, como niños, sacudiendo el espeso polvo que dejamos atrás y llevándonos una visión nueva, la mejor versión posible de nosotros mismos.
Volveremos — pero no volveremos los mismos.
















