Salimos dos horas antes de la puesta de sol. Para cuando llegamos al campamento, la luz ya ha cambiado: se alarga, se suaviza, dora la arena y la roca. Es la hora en que la costa se vacía.
El campamento es sencillo. Una tienda bereber, un fuego, algo donde sentarse. La cena se prepara mientras el día termina de caer — un tajín, pan, té. Comemos fuera, sin prisa.
Luego llega la noche. Lejos de las luces de la ciudad, el cielo se llena. Reconocemos algunas constelaciones y nos inventamos otras. Los sonidos viajan de otro modo: el oleaje abajo, un perro a lo lejos, el viento.
La salida dura cinco o seis horas. No exige ninguna condición física particular — solo las ganas de pasar una velada fuera, de otra manera.



